Confesión curricular

Lorenzo Amengual

Nací en 1939 en Marcos Juárez, Córdoba. Comencé a estudiar dibujo a los ocho años. Soy arquitecto y fui reconocido durante un tiempo como un humorista de cierto renombre. Se me acabó el humor en los 80. Sofocado el gracioso, sobrevivió el dibujante, disimulado en las imprentas tras el diseñador gráfico y el hacedor de libros, tal disfraz ocultó al chistoso pero fortaleció al mirante.

Desde hace años llevo mis ojos a engordar a los feedlots de Nueva York, Milán y Madrid. Los he pastoreado a conciencia en el Museo del Prado y en el Kupferstickabinet en Berlín, y puedo dar fe de la verdad del refrán que dice: «quien mastica lo que ve, algo termina aprendiendo».

Hice pocas exposiciones en mi vida. Coleccionistas de Berlin, Los Ángeles, San Francisco, Puerto Rico y Buenos Aires tienen obras mías. Mi mejor dibujo lo atesora desde 1970 Luis Felipe Noe.

No voy a misa, pero soy de comunión diaria en los museos. Para opinar sobre la imagen, tras seis años de cavar en lo duro, logré desenterrar la obra olvidada del ilustrador Alejandro Sirio y después no pude parar de escribir, mi nueva vocación, y de dibujar, mi antiguo oficio, al que complementé a partir del 2010 con la práctica del grabado.

En 2012 recibí un diploma Konex como grabador.

Doy la razón a Paul Valery cuando afirma «Los mejores ejercicios para la inteligencia son: hacer versos, cultivar las matemáticas y dibujar». Tal afirmación no prueba que todos los dibujantes seamos poetas o inteligentes, pero saber que existen estas opciones puede darle sentido a la vida.